Lluvia
 


Lluvia

Recuerdo que estaba vestida con una vieja camiseta del zoo de Madrid y unos pantalones ciclistas, aunque dudo que fuese verano. Podría ser Invierno perfectamente porque aquel piso tenía una calefacción literalmente infernal.

Tenía un pequeño patio, la mitad del patio de luces del bloque, al que se accedía a través de la vieja puerta de hierro y cristal de la cocina.

Supongo que sería época de exámenes porque yo estaba en la cocina o en el salón.

Ya había anochecido y empezó a llover.

 

Era una lluvía feroz  y lacerante, por como sonaba contra las baldosas del patio.

Abrí la puerta de la cocina para ver la magnitud del aguacero y me quedé boquiabierta.

El patio entero estaba cubierto con una capa de agua de unos cinco centímetros, que se deslizaba hacia el rebosante sumidero.

No pude resistir la tentación. Me despoje de las zapatillas de casa, me coloqué sobre el bordillo de la puerta y salí al exterior con dos pasos lentos, situándome en el centro del patio.

 

Siempre me ha gustado abandonarme a la impulsos socialmente incorrectos como andar en bicicleta por la casa, embadurnarme de pintura, fumarme un cigarro en el balcón de madrugada  planeando conversaciones que nunca se producirán o viajar con un conejo de angora en la mochila y compartir con él un Donut en la cafetería de la estación.

Por eso estaba allí, en el centro del patio, resbalando y chapoteando sobre las baldosas rojas, riéndome como una idiota y dejándome empapar por la lluvia (que resultó no ser lacerante en absoluto).

No podría explicar la inmensa sensación de paz y felicidad que sentía en ese momento. Nada de vecinos, ni “cuidado hija que te vas a constipar”, ni “tengo que estudiar el examen del Viernes”… nada, sólo agua y más agua.

Si hay gente que dice que volar te hace sentir libre, yo estaba volando.

 

Estaba a punto de quitarme la ropa empapada para sentirme aún más libre cuando, de pronto, se iluminó el muro de cristal de pavés que separaba el patio de la escalera.

A pesar de haber vuelto a la realidad me mantuve bajo la lluvia hasta que vi una silueta recortarse sobre el cristal.

Entonces me apresuré a volver a la cocina, sequé mis pies en la tela de las zapatillas y me las puse.

 

-         ¿Qué haces gansa?

 

Mi compañero de piso me miraba perplejo desde el pasillo mientras yo, con una estúpida sonrisa de felicidad en la cara tiraba instintivamente de la camiseta para despegármela del cuerpo.

 

Ahora que vivo en un ático, disfruto mucho de la lluvia, sobre todo cuando estoy en la cama y golpea con violencia el tejado y los cristales.

También me gusta ponerme bajo las ventanas abuhardilladas para ver el agua correr sobre mi cabeza.

Las tormentas son todo un espectáculo pero he intentado repetir aquella experiencia sin éxito.

Quizá algún día tenga una casa con patio para poder salir corriendo cuando caiga un aguacero pero por el momento, desde aquella noche, no he vuelto a usar paraguas.

 

 

 

 
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