La verdadera historia de la Bella Durmiente
 


La verdadera historia de la Bella Durmiente

La princesa Lucila acababa de cumplir los 17 años y se pasaba la vida enfrascada en la lectura de cuentos románticos y dando largos paseos con aire lánguido por entre las almenas del castillo de sus padres.

Salía tan poco que su piel apenas conocía el sol y lucía una palidez casi transparente.

A Lucila le gustaba tener ese aspecto, le hacía sentir atractiva e inaccesible.

Cada vez que sus padres daban alguna fiesta, se pasaba el tiempo jugueteando con su abanico y poniendo ojitos a todos los nobles mocitos casaderos allí presentes.

De cuando en cuando se enamoraba perdidamente de alguno de ellos durante algunas semanas, que se pasaba escribiendo poesías de amor y suspirando por los rincones.

Su aya, Ilda, que la había visto crecer entre algodones y que a menudo era confidente de sus pasajeros ardores juveniles, interpretaba la actitud de la muchacha, sino como estupidez, si como absoluta ingenuidad. Escuchaba sus desvaríos en voz alta con hastío y cansada de intentar vanamente hacerla entrar en razón.

Temía que aquella niña que creía estar enamorada de alguien distinto con cada luna nueva, jamás conociese el verdadero amor, tan poderoso y frágil, que ella había hallado al lado del que ahora era su esposo.

Había observado como Rodrigo, hijo menor de un hidalgo amigo del rey, miraba en silencio a Lucila sin atreverse a acercarse a ella.

El muchacho era de noble familia, si, pero además era una de las personas más adorables con las que Ilda había tenido ocasión de tratar. Cortés, educado, amable e inteligente, pese a que no contaba con una complexión vigorosa o un rostro deslumbrante, era una persona digna, al menos de ser conocido y valorado detenidamente. Una persona interesante que, por supuesto, para Lucila (que se sabía adorada en secreto por Rodrigo) no tenía ningún interés.

 

Lucila adoraba el cuento de la bella durmiente y fantaseaba con aquella historia, poniéndole cada vez un rostro diferente al príncipe Azul.

 

-         Eso si que es verdadero amor Ilda. Luchando contra el tiempo y contra brujas, dragones y maldiciones eternas.

-         Yo he visto brujas y dragones querida, pero hay tan pocos y están todos tan lejos. Los peores dragones y las brujas más peligrosas están dentro de nosotros mismos.

 

Pero la princesa seguía con sus fantasías de enormes palacios, príncipes hermosos y princesas desvalidas y enfermizas.

Un día, harta ya de escuchar siempre la misma historia, Ilda se decidió a revelarle a Lucila algo que se había propuesto mantener en secreto.

-         La bella durmiente, ¿eso es a lo que aspiras no? – comenzó-  Pues te voy a contar una cosa sobre la bella durmiente, de hecho te voy a contar todo lo que se. Esa historia no es más que una patraña inventada para tapar la historia real que, dejame decirte, es mucho más hermosa que la del cuento.

-         ¡Que tontería! – exclamó Lucila ofendida -¡que sabrás tu de cuentos!

-         Se que la bella durmiente no es sólo un cuento. Es sólo una historia de amor entre dos personas que se ha maquillado para ser más hermosa a los ojos de mentes simples como la tuya querida. Pero si tanto te gusta voy a contártela enterita.

 

“Aurora ni siquiera era una princesa, esa es la primera mentira de la historia, llegó a serlo pero no lo fue en un principio. No era más que la hija de una sirvienta del palacio real. Era la hija de la costurera del rey.

Tampoco era una rosa radiante de hermosura, era una muchacha normal. Una de esas personas que puede parecerte guapa o no de entrada pero que se vuelve más bella cuanto más la conoces.

Vivía con su madre viuda en el palacio y era aproximadamente de la edad del segundo hijo del rey, Francisco. Este hecho hizo que ambos crecieran juntos, ya que el rey no veía nada malo en dejar a sus hijos jugar con los de los sirvientes y, siempre que el trabajo lo permitía, les permitía asistir a las lecciones del maestro.

Aurora y Francisco siempre tuvieron afinidad y enseguida se hicieron grandes amigos y esa amistad fue inquebrantable hasta la adolescencia.

Cuando crecieron, sus caminos se fueron separando ya que cada uno tenía distintos destinos. El del príncipe, como único hijo varón del rey era reinar y el de Aurora, a pesar de haber destacado siempre en los estudios, era seguir los pasos de su madre.

Sin embargo la relación entre los muchachos no murió, al contrario, camino de la edad adulta, comenzaban a verse el uno al otro con otros ojos.

A pesár de que sus encuentros eran cada vez más casuales y las antiguas charlas de horas se habían reducido y comentarios triviales al cruzarse por el palacio, surgió la llama del amor, al menos en Aurora.

Ante las obligaciones sociales, el príncipe la ignoraba cada vez más y ella se consumía de tristeza por no poder pasar más tiempo con él, cosa que a él parecía no importarle.

 

Y sucedió que, pasados los años, la hija mayor del rey se casó con el monarca de un país vecino y, tras el fastuoso enlace, se hicieron los preparativos para la partida.

Dentro de la dote que la novia aportaba al matrimonio iba Aurora. El rey pensó que su hija, como flamante monarca consorte, precisaría de los servicios de una costurera de confianza y Aurora había heredado el talento y la técnica de su madre.

Pero el rey no era un déspota y antes de enviarla a otro país le pidió opinión a ella y a su madre.

La costurera vio en aquello la oportunidad de que su hija hiciese algo que ella siempre quiso hacer, ver mundo y dio su consentimiento.

La veía volver a buscarla en una lujosa carroza, casada con algún rico comerciante de telas y criando hermosos niños.

Pero Aurora no lo veía del mismo modo. Aquello significaba alejarse de todo cuanto conocía… y de Francisco. Le dijo al rey que, como aún quedaban unas semanas para el viaje, le dejase meditarlo con calma.

Y así fue como Aurora pasó días y días esperando una señal del príncipe, una mirada cómplice, un comentario, una opinión suya al respecto que no llegó.

Con el alma encogida en la boca del estómago, Aurora le anunció al rey, con su hijo presente, que partiría con la princesa hacia su nuevo hogar.

A partir de ahí miles de preparativos y cientos de breves encuentro con Francisco, siempre demasiado atareado como para detenerse a hablar. No en vano era el heredero al trono y debía prepararse”

 

En éste punto, Lucila, con los ojos brillantes de lágrimas interrumpió la historia.

-         ¿Pero que tiene esto de bonito? – preguntó – la sirvienta se enamora de un principe y éste no le corresponde. ¡Eso es lo normal!

-         Y entonces ¿por qué lloras? – quiso saber Ilda

-         ¡Porque es triste! Esa pobre mujer nunca podría conseguir a un hombre así. Él nunca podría amarla, son de mundos distintos.

-         Y sin embargo la amaba.

-         ¡Pero….!

-         Deja que continue con la historia.

 

“ Francisco amaba a Aurora con todas sus fuerzas pero ya sabes como es la disciplina para los hombres. No deben mostrar ese tipo de sentimientos y menos un futuro rey.

Un heredero puede tener líos de faldas con todas las sirvientas que quiera, pero enamorarse y sobre todo demostrarlo, está prohibido y además es de pésimo gusto.

Por eso se contentaba con observarla en silencio cuando ella no se percataba.

Y la pobre Aurora arrastraba su pena por los corredores del palacio y el brillo de su mirada se apagaba día a día hasta que una mañana, cinco días antes de su partida, el día de su decimonoveno cumpleaños, la encontraron desvanecida en el suelo junto a la rueca de su madre. El afilado huso de metal le atravesaba la palma de su mano izquierda.

Nadie sabía que mal le había asaltado de repente, que enfermedad era aquella provocada por la herida del huso.

La vieron los médicos reales, que no se explicaban como una herida como aquella podía explicar el estado en el que se encontraba Aurora.

La madre de la muchacha estaba desesperada, se culpaba de la suerte de su hija y el rey, que tenía gran aprecio a la chica no escatimó en atenciones para ella.

Como última opción mandaron llamar a una anciana curandera que vivía en las montañas.

Aquella mujer llegó junto a la cama de Aurora y pasó varías horas en silencio junto a ella, leyéndole el alma, decía.

Cuando culminó su labor se presentó ante el rey, su hijo y la apenada costurera.

-         La muchacha se muere – espetó la anciana ante el horror de los allí presentes

-         Pero ¿Por qué? – musitó el rey – siempre ha sido una criatura sanísima.

-         Porque esta gravemente herida, señor  -continuó la anciana.

-         Pero, que tontería, mis médicos le han tratado la herida y dicen que no se ha infectado, que está cicatrizando.

-         No señor, no me refiero a la herida de la mano – aclaró la mujer – la niña está herida de indiferencia.

-         No entiendo…¿no va a hacer nada más?.

-         No señor, no puedo. Mi trabajo aquí ya ha terminado. No soy yo quien tiene la cura.

 

Y diciendo esto, dio media vuelta y se marchó. Dejando al rey perplejo y a la pobre costurera hecha un mar de lágrimas.

 

Aquella misma noche, el príncipe Francisco pidió ver a Aurora a solas. Se acercó a su lecho y, con lágrimas en los ojos le tomó la mano y….”

 

-         Y la besó – volvió a interrumpir Lucila

-         No – dijo Ilda – le dijo dos palabras

-         ¿Te quiero?

-         No, “lo siento”. Y no había terminado de pronunciarlas cuando Aurora comenzó a recupera el color y despertó de su letargo.

 

“ Horas después, Francisco confesó ante su padre y ante la costurera que amaba a aquella muchacha y que no tomaría por esposa a otra que no fuese ella.

Y así fue. Dos años más tarde se casaron y Aurora, la hija de la costurera, llegó a ser reina”

 

-         Te lo has inventado todo – gruñó Lucila despechada.

-         No. Conozco esa historia desde niña. Mi bisabuela era la cocinera de aquel rey, amiga de la infancia de la costurera. Esa historia lleva en mi familia desde entonces y te confieso que siempre he odiado lo que la gente hizo de ella.

 

Y aquí termina la verdadera historia de la bella durmiente. La moraleja, que la tiene, como cualquier cuento que se precie, que la busque cada cuál.

 

¿Qué que fue de la princesa Lucila?. Los pájaros de su cabeza se volaron y  dejaron libre su poderosa mente.

 Estudió mucho, pues su curiosidad y deseos de aprender parecían no tener límites.

Se preocupó por conocer a Rodrigo y descubrió que tenían muchas cosas de las que hablar.

 

Lucila fue reina. Una reina sabía, hermosa y justa bajo cuya protección su pueblo experimentó importantes mejoras y nunca sufrió los envites del hambre y las enfermedades.

Creo escuelas y universidades. Fue una gran política y una mujer avanzada a su tiempo.

No se casó con Rodrigo, ni con nadie, pero siempre estuvieron juntos. Fueron grandes amigos (y dicen que también amantes) y la historia hablará de ellos por siempre, contada tal y como fue o maquillada en forma de cuentos de hadas.

 

 

 
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